Un agujero negro tiene una frontera de la que nada puede escapar. Esa frontera se llama horizonte. Resulta que el horizonte se parece a un objeto caliente: tiene temperatura y una medida del desorden que los físicos llaman entropía. Cuando el horizonte se calienta, emite calor, y de esa sencilla regla se puede obtener la ley de la gravitación universal.
En un nuevo trabajo, el científico cambió la fórmula de la entropía y observó cómo afecta eso a la gravedad. Resultó que cualquier cambio de la entropía altera la fuerza de atracción. Es como si la escala de un termómetro fijara la rigidez de un resorte. Después ideó una nueva entropía en la que el horizonte tiene un área mínima, por debajo de la cual no puede comprimirse. Gracias a ello, en el mismísimo comienzo del universo no había una densidad infinita, sino una expansión rápida pero suave.
El área mínima del horizonte A₀ desempeña un papel análogo a la energía del estado fundamental de un oscilador armónico cuántico: incluso en un horizonte «vacío» queda una actividad cuántica irreducible. En el modelo, las áreas permitidas están cuantizadas como A = nA₀, donde n ≥ 2, es decir, el estado n=1 está prohibido debido a la divergencia logarítmica.
La idea de que la gravedad surge de la termodinámica del horizonte resuena con la novela de Liu Cixin «El problema de los tres cuerpos», donde una civilización extraterrestre manipula las leyes fundamentales a través de dimensiones compactificadas. Aquí, en cambio, la entropía del horizonte actúa como un código que reescribe la gravedad.