En una gran nube de gas donde nacen las estrellas, las líneas de fuerza del campo magnético están alineadas aproximadamente en una misma dirección, como las fibras de un trozo de fieltro. Pero basta con mirar en su interior, en los densos cúmulos de los que luego surgirán estrellas, y el panorama cambia: allí las líneas se enredan en distintas direcciones, como un ovillo de hilo después de que un gatito haya jugado con él.
Los astrónomos midieron las direcciones del campo en 79 de estos cúmulos en 14 nubes diferentes. Utilizaron datos de polarización del polvo: los granos de polvo se alinean a lo largo de las líneas magnéticas y polarizan ligeramente la luz que los atraviesa; a partir de ese resplandor se puede reconstruir la dirección del campo. Resultó que, en los cúmulos, la dispersión de las direcciones del campo es notablemente mayor que en la nube en su conjunto. Además, el campo del cúmulo no coincide ni con su propia orientación ni con su rotación. Todo parece indicar que, a pequeñas escalas, el campo magnético deja de ser el protagonista y cede el paso a otras fuerzas, como las corrientes turbulentas del gas.
Este resultado es importante para entender cómo nacen las estrellas. Si el campo magnético no controla los cúmulos en las etapas tardías, entonces su destino lo deciden otros procesos: colisiones, compresión, flujos internos. Antes se pensaba que el campo era un estricto director de todo el proceso, pero ahora se ve que en el escenario aparece el caos, y una estrella puede nacer donde el campo no lo espera.
Los granos de polvo en el espacio interestelar pueden ser más pequeños que una micra, pero su 'orden' colectivo revela la dirección del campo magnético a distancias de cientos de años luz.
En la novela 'El problema de los tres cuerpos', la civilización controla las estrellas, pero incluso allí los campos magnéticos no obedecen reglas simples: el caos siempre está cerca.