Una pequeña bolita con relleno de hierro descansa sobre una superficie, y a su alrededor gira un campo magnético. La bolita empieza a rodar como una rueda y normalmente va hacia donde gira el campo. Pero a veces, de repente, da la vuelta y rueda en dirección contraria, contra el campo.
Primero hicieron girar el campo lentamente, y las bolitas describían círculos o espirales, siguiendo obedientemente al campo. Luego aceleraron el giro y aparecieron trayectorias onduladas: la bolita seguía rodando en círculo, pero su camino se volvía irregular. Y en ciertas condiciones, la bolita incluso cambiaba de sentido y empezaba a rodar en sentido antihorario, aunque el campo girara en sentido horario.
Para entender por qué ocurre esto, los científicos construyeron un modelo que tiene en cuenta las fuerzas eléctricas, la fricción con el líquido y las propiedades magnéticas de la bolita. Resultó que todo lo deciden tres cosas: cómo estaba imantada la bolita al principio, la velocidad a la que gira el campo y la rapidez con la que ya rodaba la bolita. Si estas tres condiciones se combinan de cierta manera, la bolita «elige» la dirección contraria.
Ahora que se ha aclarado cómo controlar su movimiento, se puede ajustar con más precisión el comportamiento de las máquinas microscópicas. Y quizás, en el futuro, estas bolitas ayuden a administrar medicamentos dentro del cuerpo o a ensamblar dispositivos diminutos.
Las bolitas más pequeñas de este experimento eran decenas de veces más finas que un cabello humano, pero su movimiento podía seguirse con un microscopio ordinario.