Una diminuta gota de aceite se abre paso a través de un canal acuoso más estrecho que ella misma. En agua limpia avanza con calma, como una esferita redonda. Pero añade un poco de jabón al agua y la gota empieza a curvarse, como una oruga.
Este comportamiento lo observaron los científicos al colocar gotas de un cristal líquido especial en agua con distintas concentraciones de jabón. En una disolución débil, la gota conserva su forma; en una más concentrada, aparecen ondas rítmicas en su superficie. Lo curioso es que la velocidad de avance apenas cambia: tanto la gota «tranquila» como la «ondulante» primero se frenan en el punto estrecho y luego alcanzan una velocidad constante. Todo lo decide la fina película de agua entre la gota y la pared del canal.
Cuanto más jabón hay, más gruesa es esa película y más fácil le resulta a la gota curvarse. Los científicos también notaron que, según la anchura del canal, las ondas en la gota pueden venir de dos lados o de uno solo, como si la gota eligiera de qué lado le conviene impulsarse. Los cálculos mostraron que detrás de estas ondas está una inestabilidad conocida como efecto Marangoni: las diferencias de concentración de jabón en la superficie de la gota generan fuerzas que la deforman.
Este mecanismo es un ejemplo de cómo la materia viva y la no viva encuentran soluciones parecidas para moverse en espacios reducidos. Los microbios, al atravesar poros estrechos, también cambian la forma de su cuerpo. Comprender estos «bailes» de las gotas ayudará a crear microrobots capaces de llevar medicamentos a los rincones más inaccesibles del organismo.
El efecto Marangoni se puede ver en casa: si dejas caer una gota de alcohol sobre la superficie del agua, el líquido se dispersa desde el punto de caída, debido a la diferencia de tensión superficial.
En la ciencia ficción, estas gotas que se deforman por sí solas recuerdan a los robots líquidos de la película «Terminator 2», capaces de filtrarse por rendijas estrechas.