El universo, con apenas un par de cientos de millones de años, se parecía a una cocina gigante donde, a partir de la 'masa' primordial —hidrógeno y helio—, se amasaban las primeras galaxias. En sus centros se encendían agujeros negros, como hornos de distinta potencia: desde ligeros 'rechauds' hasta pesados 'fogones'. Pero, ¿a qué velocidad ganaban masa al engullir el gas circundante? De ello depende cuántas parejas de esos 'hornos' colisionarán y se fusionarán, emitiendo un estremecimiento del espacio —una onda gravitacional— que esperamos captar miles de millones de años después.
En el nuevo estudio, los astrofísicos modelaron dos escenarios de crecimiento. En el primero, los agujeros negros se alimentaban con modestia, dentro del límite de Eddington (cuando la presión de la luz impide que la materia caiga más rápido). En el segundo, 'atiborrarse', superando esa barrera —la llamada acreción super-Eddington—. Luego, los autores siguieron cómo las parejas de agujeros negros, remanentes de fusiones galácticas, se acercaban lentamente por fricción dinámica —como cucharas en miel espesa— y calcularon sus fusiones hasta nuestros días. Los detectores del futuro —la antena espacial LISA, las instalaciones terrestres ET y LGWA— escucharán estos eventos como micrófonos sensibles colocados en distintos rincones del foso de la orquesta.
Los resultados asombran. Con alimentación modesta, LISA captaría unas 32 fusiones al año; con glotonería, casi 64. En cambio, ET pierde 'clientes': cae de 64 señales anuales a unas míseras 4. LGWA se mantiene como un estable término medio: unas 21 y 12 eventos, respectivamente. En otras palabras, cómo comieron los primeros agujeros negros determina directamente quién de los detectores se convertirá en el narrador principal de su historia. Y la proporción de masas en las parejas, junto con cómo varía el número de fusiones con la distancia, ofrecen la clave para desentrañar su origen.
Así, la astronomía gravitacional se convierte en arqueología: a partir de los 'huesos' —las masas y órbitas de los objetos fusionados— reconstruimos el menú y los apetitos de los primeros habitantes del universo. Y cuando las antenas sensibles empiecen a funcionar, quizá nos cuenten si aquellos agujeros negros eran comensales modestos o gourmets cósmicos.
La acreción super-Eddington es como si bebieras un batido espeso con una pajita y este se succionara más rápido de lo que permite la resistencia del líquido. En los agujeros negros, el papel de la 'pajita' lo desempeña el campo magnético, que ayuda a atraer la materia a pesar de la presión de la radiación.
En la novela 'Contacto' de Carl Sagan, una señal extraterrestre se disfraza de ondas gravitacionales procedentes de la fusión de agujeros negros —así, nuestros futuros detectores podrían escuchar no solo cataclismos naturales, sino quizá también un lejano llamado de alguien.