El halo de nuestra galaxia es una enorme nube difusa de estrellas viejas que envuelve el disco que conocemos. Guarda la historia de cómo la Vía Láctea creció al absorber galaxias enanas vecinas. Para leer esa historia, los astrónomos midieron cómo se mueven más de 10 000 estrellas a distancias de hasta 50 kiloparsecs del centro, lo que equivale a una vez y media la distancia hasta el borde del disco visible.
Resulta que en la parte interna del halo (hasta 30 kiloparsecs) las estrellas suelen volar en órbitas alargadas, como cometas alrededor del Sol. Más allá, las órbitas se vuelven cada vez más circulares, y en los bordes del halo las estrellas se mueven predominantemente en círculos. Pero cuando los científicos excluyeron de los cálculos a las estrellas que llegaron a la Vía Láctea desde fuera, mediante fusiones con otras galaxias, el panorama cambió: todo el halo está lleno de estrellas en órbitas alargadas.
Este trabajo es como un censo de población para el halo. Muestra que el carácter del movimiento estelar está fuertemente influenciado por eventos del pasado de la galaxia, y no solo por su forma actual. Cuanto más viejas son las estrellas, más tranquilo es su movimiento: en el halo interno, las estrellas viejas recorren órbitas alargadas con menos frecuencia que las jóvenes.
Una distancia de 50 kiloparsecs equivale aproximadamente a 163 000 años luz. Para comparar: desde nosotros hasta el centro de la galaxia hay unos 26 000 años luz, y hasta la galaxia grande más cercana, Andrómeda, hay 2,5 millones de años luz.
En la serie "Star Trek" (Viaje a las estrellas), el halo galáctico suele representarse como un lugar donde se ocultan civilizaciones antiguas; y es cierto que allí las estrellas recuerdan los tiempos más remotos.