Un puñado de monedas se acelera hasta una quinta parte de la velocidad de la luz. Así serán las sondas interestelares Coracle: unos aparatos diminutos de unos pocos gramos, cada uno con una finísima película de vela. Las empuja un potente rayo láser: la luz presiona la vela como el viento hincha las velas de un yate, solo que en lugar de aire hay un flujo de fotones. El objetivo de este enjambre es el planeta Próxima b, que orbita en la «zona de vida» (la región donde puede existir agua líquida) de la enana roja Próxima Centauri, la estrella más cercana a nosotros después del Sol.
Una sonda individual pasaría demasiado rápido para tomar una foto nítida. Pero cuando son cientos en un enjambre, cada una ve el planeta desde un ángulo ligeramente distinto y en un momento diferente. Combinando esas tomas dispersas, como un mosaico, se puede obtener un retrato detallado de un mundo lejano. Según los cálculos de los autores, esa exoplaneta se nos mostraría con una resolución de gigapíxel, suficiente para distinguir los contornos de continentes, océanos y nubes. Y si en la superficie hay bosques o incluso ciudades, su tono característico o su geometría podrían delatarse en el espectro de la luz reflejada. La misión convierte la ciencia ficción en un problema de ingeniería: no frenar en el destino, sino usar la velocidad como ventaja, reuniendo la imagen del mundo pieza a pieza.
La presión de la luz que empujará la vela de la sonda fue predicha por primera vez por Maxwell en el siglo XIX. Hoy, ese fenómeno es la base de proyectos reales de viajes interestelares.
La idea de un enjambre de sondas exploradoras que reúnen una imagen única recuerda a la «langosta» de von Neumann o a las redes de observación de las novelas de Alastair Reynolds.