Científicos simularon la formación de agujeros negros primordiales en un universo en expansión y descubrieron que sus masas oscilan en un patrón log-periódico, una firma de autosemejanza discreta (donde un sistema repite su comportamiento a escalas más pequeñas de manera escalonada). A diferencia de estudios previos en un universo estático, aquí las oscilaciones entre picos y valles son más desiguales. Esta "escalera cósmica" en las masas de los agujeros negros podría imprimir modulaciones sutiles en el fondo de ondas gravitacionales, ofreciendo una nueva forma de explorar la infancia del universo.
Las gotas de un grifo mal cerrado marcan un ritmo claro. Un ritmo similar, pero a escala cósmica, han descubierto los astrofísicos: la formación de agujeros negros primordiales —objetos diminutos nacidos en los primeros instantes tras el Big Bang— tampoco es caótica, sino estrictamente acompasada. La masa de un agujero así no crece suavemente, sino a saltos, como repitiendo el mismo patrón una y otra vez, pero cada vez a una escala menor.
Antes, esta «ritmicidad» solo se conocía para un universo idealizado, sin expansión. Nuevas simulaciones en un universo en expansión —justo como era nuestro universo al principio— han confirmado que el ritmo escalonado se mantiene. Esto es crucial, porque los agujeros negros primordiales se consideran uno de los principales candidatos para ser la materia oscura, el andamiaje invisible que mantiene unidas las galaxias.
Gracias a esta ritmicidad, los futuros detectores de ondas gravitacionales —ondulaciones del espacio-tiempo— podrán captar no un ruido aleatorio, sino una «melodía» ordenada, interpretada por agujeros que se fusionan. Y aquí viene un giro inesperado: estos agujeros podrían ser tan pequeños que, al atravesar la Tierra, no tocarían ni un solo átomo, aunque cada uno pese como una montaña.
🎯 Los agujeros negros primordiales, si existen, podrían ser del tamaño de un átomo, pero pesar como una montaña.