Cada concha es un diario de crecimiento en piedra. El molusco no la construye según un plano, como un arquitecto, sino que simplemente añade material por el borde, siguiendo siempre la misma regla. Es como si un caracol pegara cada día una nueva tira a su casita, desplazándola un poco hacia un lado y aumentando el tamaño. Es esa repetición, y no un control complejo, la que crea la forma característica de la especie.
Los científicos han descrito esta regla en lenguaje matemático. Resulta que casi cualquier concha se puede obtener si se conocen solo tres cosas: cuánto crece la concha, hacia qué lado gira y qué forma tenía su primer borde. Estos tres parámetros, como tres perillas de ajuste, dan toda la variedad de formas, desde espirales planas hasta torres altas.
Este descubrimiento no es solo sobre caracoles. Si la naturaleza construye formas complejas a partir de reglas locales simples, los ingenieros pueden usar el mismo principio: cultivar piezas añadiendo material por el borde según una ley simple, en lugar de tallarlas a partir de un bloque sólido.
Una concha puede estar formada por millones de capas, pero todas se obtienen repitiendo el mismo paso: como si construyeras una torre colocando cada ladrillo un poco más a la derecha y un poco más arriba que el anterior.