Dos estrellas de neutrones son los restos superdensos de astros muertos, cada una del tamaño de una ciudad pero más masiva que el Sol. Ya en 1934, su existencia fue predicha por Fritz Zwicky. Una cucharadita de esa materia pesaría miles de millones de toneladas. Cuando dos de estos objetos se acercan antes de la fusión, sus campos magnéticos se retuercen y rompen, como cuerdas tensadas de un instrumento. Esto genera potentes destellos de rayos gamma y rápidos pulsos de radio: una sinfonía de despedida que los observadores pueden captar minutos antes de la catástrofe.
Resulta que estas señales explican las enigmáticas ráfagas rápidas de radio, esos pulsos de milisegundos de las profundidades del universo que aún desconciertan. Los astrónomos podrán apuntar sus telescopios con anticipación y ver el momento exacto de la fusión. Muchas estrellas de neutrones, por cierto, se manifiestan como púlsares, faros cósmicos descubiertos por Jocelyn Bell Burnell, y la propia fusión genera ondas gravitacionales, vibraciones del mismo tejido espacio-temporal.
Resulta que las ráfagas rápidas de radio, que desconcertaron a los astrónomos durante décadas, pueden nacer precisamente de las “cuerdas” magnéticas entre estrellas de neutrones en fusión.