En los cúmulos con una densidad superficial superior a un millón de masas solares por pársec cuadrado — los cuales existieron en el universo temprano — los agujeros negros de masa estelar (de hasta 60 M⊙) pueden penetrar en estrellas supermasivas (de más de 1000 M⊙) y quedar atrapados en su interior, formando una cuasi-estrella. Esta fase dura órdenes de magnitud más que la vida de la propia estrella, permitiendo que el agujero negro crezca a partir de materia y nuevas colisiones; si varios agujeros negros quedan atrapados dentro, el sistema se convertirá en una fuente de ondas gravitacionales. Estos objetos explican de forma natural los misteriosos «pequeños puntos rojos» captados por el telescopio James Webb.
En el Universo temprano, los cúmulos estelares eran tan densos que nacían gigantes del tamaño del Sistema Solar. Si uno de estos colosos estuviera en lugar del Sol, su borde llegaría hasta Júpiter. A veces, estas estrellas engullían pequeños agujeros negros. El agujero descendía a las entrañas y empezaba a crecer, convirtiendo la estrella en un resplandor fantasmal: una cuasiestrella. He aquí una paradoja inesperada: la cuasiestrella pesa como diez mil soles, pero sus capas exteriores son tan tenues que es casi transparente.
Este fantasma cósmico puede vivir cientos de miles de años, mientras el agujero negro en su interior acumula una masa colosal. Estos raros objetos explican los misteriosos puntos rojos que el telescopio James Webb ha descubierto en galaxias lejanas. Si varias agujeros negros caen en una misma estrella, su fusión genera ondas gravitacionales: vibraciones del espacio-tiempo que captan los detectores en la Tierra. Así, la antigua luz de las estrellas fantasma revela los secretos del nacimiento de agujeros negros supermasivos.
🎯 Una cuasiestrella pesa como 10 mil soles, pero sus capas exteriores son tan tenues que es casi transparente: un auténtico fantasma cósmico.