Imagina que mides a pasos una sala enorme en completa oscuridad. Caminas de pared a pared contando los pasos y de repente te das cuenta de que las distancias no cuadran como deberían. Parece que el suelo no es plano, sino que se abomba o se hunde como un cuenco. Algo así es lo que los astrónomos descubrieron al estudiar galaxias lejanas y las ondas sonoras congeladas en el universo temprano.
Pero cualquier constructor sabe que si tu regla es rígida y el suelo es perfectamente liso, cualquier irregularidad parecerá un defecto del propio suelo. Así ocurre aquí. Los científicos usaron datos de telescopios que observaron millones de galaxias, destellos de supernovas e incluso cómo los cúmulos masivos de materia curvan la luz. Cuando encajaron todas estas mediciones en el modelo más simple, este mostraba obstinadamente una curvatura, como si la expansión del espacio no ocurriera exactamente como se esperaba.
Bastó con darle al modelo un poco más de libertad, permitirle cambiar las propiedades de la energía oscura o añadir otros ingredientes, para que la ilusión desapareciera. El espacio volvió a ser plano, como una hoja de papel. Resulta que la curvatura no era un descubrimiento, sino una sombra proyectada por marcos teóricos demasiado estrechos. No encontramos un defecto en el cosmos; encontramos el límite de nuestras viejas herramientas. Y ahora, de vuelta en esa sala oscura, sabemos que el suelo es liso; solo que nuestros primeros pasos estaban demasiado rígidos.
Si el universo fuera abierto, como una silla de montar, dos rayos de luz paralelos se separarían y las galaxias lejanas parecerían más pequeñas que en un espacio plano.
En la novela 'El problema de los tres cuerpos', una civilización usa la curvatura del espacio para viajar, pero si nuestro universo fuera abierto, tales maniobras quizás requerirían una física completamente distinta.