Un pulso láser corto golpea la molécula de yodo y sus átomos comienzan a vibrar como una bola atada a un muelle. Los científicos siguen estas vibraciones con un segundo pulso de banda ancha que registra el espectro en diferentes instantes.
Resulta que las vibraciones en el estado excitado B se desplazan rápidamente en frecuencia y se amortiguan, y luego aparecen vibraciones en el estado A. Es como una carrera de relevos: la molécula se disocia, pero el disolvente, como una jaula, mantiene los fragmentos cerca, y estos se vuelven a unir, transfiriendo la energía vibratoria al nuevo estado.
El análisis mediante wavelets (los "microscopios" matemáticos de las frecuencias) permitió ver cómo las frecuencias de vibración cambian de picosegundo a picosegundo. Esto ayuda a separar señales que en el espectro ordinario se superponen.
Este enfoque es como un estetoscopio que no solo oye los latidos del corazón, sino también cada susurro dentro del pecho. Abre el camino al estudio de la coherencia en procesos fotoquímicos complejos.
El yodo en disolución se ve violeta, pero sus vapores son azul-violeta; el color depende de cómo interactúan las moléculas con el entorno.