Un carrusel de luz no hace girar a personas, sino a electrones. En lugar de caballitos de madera, hay aspas invisibles hechas de luz. Ese es el «carrusel» que han construido los físicos para dar rotación a los electrones.
Normalmente, para enrollar un haz de electrones en un vórtice se necesita una máscara diminuta: una plantilla con ranuras tallada a escala atómica. Fabricarla es sumamente difícil. Los autores del trabajo han sorteado este obstáculo: sustituyeron la rejilla material por una rejilla de luz, formada por haces láser que se cruzan. Cuando un electrón atraviesa esa estructura, choca con fotones (partículas de luz) y recibe de ellos un momento de rotación. Algo así como una bola de billar que, tras el golpe, empieza a girar sobre su propio eje.
La principal ventaja del método es su flexibilidad. Cambiando los ajustes de los láseres, se puede regular suavemente cuánto se retuerce el electrón. Es como girar una perilla de volumen, pero en lugar de sonido, se ajusta el número cuántico de rotación. Y lo que es especialmente importante: la técnica es universal. Los mismos vórtices de luz pueden hacer girar protones, iones, átomos neutros e incluso moléculas: cualquier partícula que atraviese los haces.
Una herramienta así será útil en los microscopios electrónicos, permitiendo examinar muestras desde una nueva perspectiva, y en los láseres de electrones libres, donde los haces retorcidos pueden generar luz con propiedades inusuales. El carrusel de luz acaba de abrir, y cualquier partícula cargada tiene su boleto.
Los haces de electrones vorticiales se comportan como pequeños imanes: su rotación crea un campo magnético a lo largo del haz, que puede usarse para sondear materiales a nivel atómico.