El termostato mantiene la habitación a 20 grados. Abre la ventana en invierno y encenderá la calefacción para recuperar el equilibrio. El cerebro hace algo parecido: predice constantemente lo que ocurrirá en el instante siguiente y se corrige si se equivoca. Así aprende. Pero, ¿dónde encaja la conciencia en esta mecánica, esa sensación del sabor de una manzana o del dolor de una quemadura?
Dos teorías lo abordaban desde ángulos opuestos. Una, el principio de energía libre, sostiene que todo sistema vivo tiende a minimizar la sorpresa, como el termostato. La otra, la teoría de la información integrada, intenta medir la conciencia mediante la capacidad del sistema de influir sobre sí mismo. Si fragmentas el cerebro, pierde la imagen global. Hasta ahora no existía una conexión matemática clara entre ambas perspectivas.
Los autores del nuevo trabajo han encontrado ese vínculo. Proponen calcular la información como la diferencia entre lo que el sistema hizo realmente y lo que "debería" haber hecho si se hubiera limitado a seguir la trayectoria más probable. Resulta que los conceptos clave de la teoría de la conciencia —los llamados repertorios de causas y efectos— se derivan de forma natural de esta definición. En otras palabras, la medida de la consciencia resulta ser un caso particular de cómo el sistema maneja las sorpresas.
Esto no significa que el termostato adquiera un alma. Se trata de que un mismo lenguaje matemático puede describir tanto el aprendizaje como la experiencia subjetiva. El puente entre ambos se construye sobre una idea sencilla: la conciencia no es una sustancia especial, sino el grado en que un sistema se ve obligado a desviarse de lo habitual para seguir siendo él mismo.
En neurociencia se conoce la gráfica "en forma de colina": cuando las neuronas en una placa de Petri aprenden a responder a estímulos, la medida de información integrada primero aumenta, alcanza un pico y luego cae, como si la conciencia fuera más brillante en el momento de dominar algo nuevo.
En la novela "Blindsight" de Peter Watts, la mente alienígena carece de conciencia precisamente porque su comportamiento siempre es óptimo y nunca se desvía de lo predicho.