Resulta que los planetas, como sopas calientes, alguna vez estuvieron cubiertos por océanos de roca fundida. Su solidificación determinó cómo se distribuyeron posteriormente las capas del manto. Un nuevo estudio muestra por qué Marte tiene una capa densa en las profundidades y la Tierra no: se debe al tamaño del planeta y a cuán activamente se mezclaba la 'sopa' en su interior. ¿Podría haber ocurrido tal estratificación también en las entrañas de exoplanetas lejanos?
Si no se remueve un cóctel con capas, el jarabe pesado se va al fondo. Un planeta joven es como un océano burbujeante de roca incandescente. Al enfriarse, los minerales cristalizan: algunos, como el hierro, se vuelven pesados y se hunden, otros flotan. Parecería que cerca del núcleo debería acumularse una capa densa.
Pero desde abajo, de las entrañas que se solidifican, ascienden fundidos: gotas ligeras, como aceite en agua, suben y mezclan el océano. Cuanto más grande es el planeta y más intensa la "agitación", más difícil le resulta al hierro sedimentarse.
El océano marciano resultó menos profundo, el movimiento térmico más débil, y el hierro se escurrió tranquilamente al fondo. Esta capa fue detectada recientemente por los ecos de los martemotos: como una esponja, amortigua las ondas sísmicas.
El hallazgo explica la estructura de muchos exoplanetas rocosos. En esencia, hemos leído la receta con la que la naturaleza prepara los interiores de los mundos: a unos los mezcla, a otros los deja estratificarse.
🎯 Si el interior de la Tierra hubiera sido tan tranquilo como el de Marte, también se habría formado una capa densa oculta, lo que habría cambiado por completo el aspecto del planeta: los continentes se moverían de otro modo y los volcanes entrarían en erupción de manera diferente.