La célula se arrastra sobre un gel, a veces viscoso, a veces elástico, y decide por sí misma cuándo acelerar. No se limita a deslizarse: su motor químico interno (el ruido en la expresión génica puede influir en la producción de "combustible") empuja el borde frontal, mientras que la cola se despega del soporte. Es como una persona que camina sobre arena, arcilla y asfalto: el paso se acorta o se alarga de forma natural. Este fenómeno se denomina durotaxis: movimiento según la rigidez del sustrato.
Los investigadores han desarrollado un modelo mecanoquímico: en él, las proteínas dentro de la célula responden a cuánto se ha estirado la célula y, a su vez, la química modifica la forma celular. Han descubierto algo curioso: la velocidad de la célula no aumenta indefinidamente con la rigidez. Primero, en superficies blandas, apenas se mueve; en las intermedias, acelera; y en las muy duras, vuelve a frenar. Existe una rigidez "dorada" a la que la célula se desplaza a máxima velocidad. Además, en superficies un poco más blandas que ese punto óptimo, la célula tarda más en cambiar de dirección: su memoria de los pasos anteriores (la retroalimentación de la mecánica a la química) le ayuda a mantener el rumbo. Es como si, al hundirte en la arena, recordaras el esfuerzo y luego caminaras más tiempo en línea recta.
Algunas células cancerosas utilizan la durotaxis para "escapar" hacia tejidos más rígidos y formar metástasis: literalmente buscan dónde hay más dureza.
En la novela "Blindsight" (Visión ciega) de Peter Watts, las células alienígenas reconfiguran su mecánica para adaptarse a cualquier entorno, casi como nuestras células, pero sin un punto óptimo.