En el corazón mismo de la Vía Láctea algo brilla, pero no con luz estelar, sino con rayos gamma invisibles al ojo. Los telescopios captan este exceso desde hace más de diez años, y los astrofísicos debaten: o son estrellas muertas que giran rápidamente — los púlsares —, o partículas de materia oscura que chocan y desaparecen en un destello. El nuevo trabajo propone una tercera vía, parecida a un juego de billar.
Los rayos cósmicos — principalmente protones — viajan por la galaxia a casi la velocidad de la luz. Si en su camino se cruza una partícula de materia oscura, el impacto puede no ser frontal, sino rasante: el protón transfiere energía, la partícula oscura se excita y luego emite dos fotones. O, en otra variante, el fotón nace directamente en el momento de la colisión, como una chispa al golpear un pedernal contra otro. Los autores calcularon que ese “billar” reproduce exactamente la forma del espectro gamma que ven los instrumentos.
El modelo no requiere suposiciones exóticas. Basta con que la materia oscura esté formada por dos partículas de masas cercanas o que la colisión produzca un fotón extra. Ambos casos encajan en las teorías conocidas y ofrecen predicciones para futuras observaciones. Si la idea es correcta, el centro de la galaxia no es un cementerio de partículas oscuras, sino un escenario donde resuenan constantemente bajo los golpes de los rayos cósmicos.
La energía de un solo fotón gamma de esa colisión puede ser miles de millones de veces mayor que la de la luz visible, algo así como si la picadura de un mosquito tuviera la fuerza de un ladrillo que cae.
En la novela “La oscuridad más allá del fin del mundo”, partículas invisibles reaccionan a la radiación de las estrellas creando un resplandor fantasmal, casi como en el mecanismo propuesto.