Un telescopio solar se parece a un ojo que intenta distinguir a una hormiga a través de una sopa hirviendo. El cielo diurno deslumbra, el aire tiembla y la imagen se desdibuja. Para congelarla se necesita óptica adaptativa: un sistema que adivina las distorsiones y las corrige cientos de veces por segundo. Pero en el Sol el truco habitual no funciona: allí no hay una estrella solitaria a la que seguir, solo un mar de fuego extendido.
Los ingenieros del observatorio encontraron una salida: prescindieron de la cámara. En su lugar, la luz es capturada por un chip fotónico: una placa de vidrio con un laberinto de canales finísimos. La luz corre por ellos como agua por tuberías y se encuentra consigo misma. En el punto de encuentro nacen franjas: el patrón de interferencia. Por su desplazamiento se ve cuánto se ha adelantado una parte de la onda respecto a otra. Es como las huellas en la arena que revelan que un corredor tropezó.
Los autores construyeron un modelo informático de este sensor. Mostró que el chip distingue incluso los remolinos de luz más débiles, esos que una cámara simplemente habría emborronado en una sola mancha. El secreto principal está en el par de "antenas" de entrada: captan la luz desde dos puntos, y cuanto más separados están esos puntos, más finos son los detalles que se pueden reconstruir.
Ahora la astronomía solar tiene la oportunidad de ver la estrella diurna con la misma nitidez que la nocturna. Un pequeño chip promete devolver a los telescopios la visión que la atmósfera les arrebató.
El chip fotónico que se usa para medir el temblor de la luz funciona con el mismo principio que los detectores de ondas gravitacionales, solo que en lugar de túneles de kilómetros aquí hay canales del grosor de un cabello.
En la novela 'Solaris' de Stanisław Lem, el océano de un planeta vivo distorsionaba las señales de las sondas; quizás un chip fotónico habría ayudado a los científicos a comprender antes que se enfrentaban a un elemento inteligente.