Un agujero negro diminuto, no más grande que un núcleo atómico, flota en una nube de hidrógeno. No engulle todo lo que lo rodea, sino que se desangra lentamente en radiación, adelgazando a cada instante. Así, una olla en el fuego no hierve de inmediato: primero corren burbujas por el fondo, luego el agua burbujea cada vez más fuerte. De igual modo, el universo tras el Big Bang pudo calentarse no a tirones, sino de forma suave, como la leche a fuego lento.
Antes, los físicos creían que todos los agujeros negros primordiales nacían con la misma masa. Entonces su evaporación ocurre casi al mismo tiempo, y el espacio se llena de potentes ondas gravitacionales: una ondulación que atraviesa el propio tiempo. Pero la relatividad general sugiere otro escenario: las masas de los agujeros están dispersas, y hay muchos más ligeros. Esta cola de la distribución, predicha ya por Einstein, cambia el panorama. La evaporación se estira, como si cientos de hervidores no hirvieran al unísono, sino de forma desordenada.
Ese calentamiento gradual debilita drásticamente las ondas gravitacionales, en varios órdenes de magnitud. Detectores como LISA simplemente no las verán. Pero, en cambio, se abre una ventana para los agujeros negros ultraligeros: pudieron evaporarse silenciosamente, sin perturbar la imagen ordenada del universo temprano. El último párrafo regresa a la imagen: la olla en el fuego, solo que ahora se entiende que las burbujas no aparecieron todas a la vez, sino gradualmente, y por eso el borboteo fue más suave.
Un agujero negro con una masa de mil toneladas se evaporaría en un segundo, y con una masa de un millón de toneladas, en un año. Pero los agujeros primordiales de menos de diez mil toneladas ya no podrían haber sobrevivido hasta nuestros días.
En la novela «Anima» de Paul McAuley, los agujeros negros ultraligeros se usan como armas capaces de destruir un planeta entero, pero en la realidad simplemente se derriten en silencio.