Un patinador sobre hielo pega los brazos al cuerpo y su giro se acelera de repente. Cuando una estrella masiva agota su combustible y su núcleo colapsa, ocurre algo parecido, pero a escala cósmica. El núcleo se comprime hasta formar una esfera del tamaño de una ciudad, y si gira rápido, en su interior puede aparecer una inestabilidad especial. La materia de la recién nacida estrella de neutrones comienza a moverse en espiral, como el agua que se arremolina en un embudo.
Esa espiral no es solo bonita. Funciona como una batidora gigante que sacude periódicamente el espacio-tiempo, generando ondas gravitacionales (ondulaciones en el tejido del universo). Al mismo tiempo, altera el flujo de neutrinos (partículas fantasma que apenas interactúan con la materia), sobre todo cerca del ecuador de la estrella. Los científicos realizaron cinco simulaciones del colapso de una estrella de 35 masas solares, asignando cada vez un comportamiento distinto a la materia ultradensa. La inestabilidad apareció en todos los casos, pero su carácter cambiaba: el momento de inicio, la duración y la frecuencia de las ondas gravitacionales dependían de lo rígido y compacto que fuera el núcleo.
Si captamos esa señal en la Tierra, los astrónomos podrán mirar dentro de la estrella de neutrones y saber de qué está hecha. Antes solo podíamos fiarnos de los neutrinos; ahora aparece una segunda fuente de información independiente. Es como si el médico no solo escuchara la respiración del paciente, sino también su pulso: juntos dan una imagen más completa. Y entonces el baile del patinador con el que empezamos se convierte en un instrumento de precisión: el ritmo del giro cósmico nos habla de las profundidades ocultas de la materia.
La inestabilidad en cuestión se denomina inestabilidad de baja $T/|W|$. Aparece cuando la energía de rotación de la estrella es menor que una cierta fracción de su energía gravitatoria, y puede convertir a la estrella de neutrones en una fuente de ondas gravitacionales periódicas, similares al sonido de un diapasón.
En la novela «Contacto» de Carl Sagan, la señal del espacio resulta ser no solo un mensaje, sino el plano de una máquina. Aquí, la propia frecuencia de las ondas gravitacionales es el «plano» del interior de la estrella de neutrones.