Un cuásar es un agujero negro supermasivo en el centro de una galaxia, que engulle gas con un brillo intenso. En la época del «mediodía cósmico», hace 12 mil millones de años, estos objetos no eran raros. Los astrónomos echaron un vistazo a esa era con telescopios de rayos X y vieron por primera vez en el cuásar WISSH13 dos vientos huracanados. Una corriente de gas se desplaza a un tercio de la velocidad de la luz: 100 000 km/s. No es constante: a ráfagas expulsa tanta materia como la que engulle el agujero negro. Estos vientos arrastran el material de construcción estelar, impidiendo que la galaxia crezca sin control. Las corrientes nacen al borde mismo del abismo, cerca del radio de Schwarzschild (el punto de no retorno), y calientan el gas circundante hasta 200 millones de grados, aumentando el desorden en el sistema. También influyen en la distribución de la materia oscura, el andamio invisible de las galaxias. El corrimiento al rojo, descubierto por Edwin Hubble, ayudó a medir la distancia, y el análisis espectral reveló la composición de los vientos. Esto recuerda a la termodinámica de agujeros negros de Bekenstein.
Si las partículas del viento rápido viajaran de la Tierra al Sol, llegarían en poco más de una hora; a la luz solar le toma 8 minutos.
El concepto de vientos ultrarrápidos que gobiernan el destino de una galaxia recuerda al «Vórtice estelar» de las novelas de Isaac Asimov, donde la evolución de las civilizaciones dependía de flujos energéticos globales.