Gracias a observaciones conjuntas de XMM-Newton y NuSTAR se obtuvo el espectro de rayos X de mayor calidad jamás registrado del cuásar WISSH13 (desplazamiento al rojo de 3,294), un agujero negro que acreta en régimen super-Eddington (más rápido que el límite clásico). En él se detectaron dos vientos de eyección ultrarrápida (UFO): uno a una velocidad de ~0,1c y otro a ~0,3c. El viento lento se ve en datos de archivo de 2017, el rápido solo en 2024, lo que indica variabilidad. La velocidad del flujo rápido equivale a viajar de la Tierra a la Luna en 4 segundos. La energía de estos vientos es colosal: hasta el 10% de la luminosidad del cuásar, pero sorprendentemente similar a la de galaxias menos distantes.
Hace casi 12 mil millones de años, cuando el Universo vivía su turbulento «mediodía cósmico» —la era de máxima formación estelar—, en el corazón de una galaxia se encendía el cuásar WISSH13. Hoy su luz, tras atravesar el tejido en expansión del espacio (corrimiento al rojo 3.294, consecuencia directa de la ley de Edwin Hubble), llega a la Tierra trayendo la historia de un cataclismo increíble. Este cuásar, como un agujero negro director de orquesta, marcaba el tono de toda la sinfonía galáctica: los telescopios orbitales XMM-Newton y NuSTAR captaron el acorde final —dos vientos ultrarrápidos que escapaban a velocidades cercanas a la de la luz—. Uno, más tranquilo, viajaba a 0,09 c (la velocidad de la luz, esa constante universal), mientras el segundo, furioso e incontenible, alcanzaba unos vertiginosos 0,33 c. Estos flujos, detectados por el desplazamiento de las líneas de hierro en el espectro de rayos X, son como un movimiento enérgico de la batuta que interrumpe el crescendo de la formación estelar. Porque precisamente ese viento, al barrer el gas de la joven galaxia, puede silenciarla para siempre y, quizás, privarle la oportunidad de crear planetas como el nuestro.
El secreto de ese apetito voraz reside en las condiciones de acreción extrema. Se estima que el agujero negro de WISSH13 engullía materia al triple del límite de Eddington, calentando las regiones internas hasta formar una «corona fría» de unos 200 millones de grados (la entropía del sistema se mantenía relativamente baja). Los rayos X, reflejados por el disco incandescente, creaban un patrón espectral caprichoso que los astrónomos descifraron con métodos de Karl Schwarzschild —el mismo que resolvió por primera vez las ecuaciones de Einstein para agujeros negros—. ¡Debido a la monstruosa gravedad, el radio de lanzamiento del viento rápido resultó ser igual a solo nueve radios de Schwarzschild! Es como si un huracán naciera a unos pasos del borde del abismo, más pequeño que la órbita de Mercurio. La fórmula del desplazamiento Doppler relativista: $$1+z_a = \sqrt{\frac{1+\beta}{1-\beta}},\quad \beta = v/c$$ — permitió medir estas velocidades fantásticas, y la ecuación de pérdida de masa $$\dot{M}_{out} = \Omega N_H m_p v_{out} r$$ — estimó que cada año se expulsan al espacio unas 20 masas solares.
Pero lo esencial es que estos vientos no son solo una rareza del pasado remoto. Son la clave de un viejo enigma: ¿por qué las masas de los agujeros negros se correlacionan tan claramente con las masas de los bulbos galácticos? Como ya mostró Jacob Bekenstein, la termodinámica de los agujeros negros está indisolublemente ligada a la evolución global. La potencia cinética de los flujos de WISSH13 equivale a cerca del 10% de su luminosidad bolométrica, y sigue la misma relación que las galaxias Seyfert locales. Por tanto, el mecanismo de retroalimentación, donde los vientos actúan como un escultor cósmico que talla el perfil de la materia oscura en los centros de los halos, es universal en el tiempo. Dicho de otro modo, ya en los albores del Universo los agujeros negros tomaron la batuta y desde entonces no la han soltado, impidiendo que las galaxias crecieran desmesuradamente y se convirtieran en monstruos inertes.
En los próximos años, el programa WISSHFUL estudiará otra quincena de objetos similares, y con los espectrómetros de XRISM y el futuro observatorio NewAthena podremos resolver la fina estructura de los vientos. Será como pasar de una grabación ruidosa de la orquesta a un estéreo nítido: sabremos exactamente cómo «respira» el flujo de acreción y, tal vez, entenderemos si parte de la radiación está relacionada con un jet. Por ahora, la observación de WISSH13 nos regala una imagen viva de la era en que cada gran galaxia pasaba por el crisol de la actividad cuásar, y nos recuerda que el Universo no es un mecanismo estático, sino una obra grandiosa donde hasta las explosiones más feroces tocan su melodía —quizá la misma que define el tapiz de la vida en planetas lejanos.
🎯 En una hora terrestre, el viento rápido de WISSH13 recorre 360 millones de kilómetros, el triple de la distancia de la Tierra al Sol. Para la materia, esa velocidad (0,33c) es casi increíble y lo convierte en uno de los flujos cósmicos más veloces jamás registrados.
🎬 La idea de vientos ultrarrápidos que rigen el destino de una galaxia recuerda al concepto del «vórtice estelar» de la ciencia ficción, donde las corrientes cósmicas deciden el destino de los mundos.