En el corazón ardiente de una estrella moribunda nace un flujo invisible: el gas de neutrinos. Las partículas se precipitan a través de la materia casi sin detenerse, pero cuando su densidad es enorme, comienzan a sentirse entre sí. Los cálculos antiguos describían esto como un empujón en una multitud: cada empujón cambia la dirección, pero no surge conexión entre los transeúntes.
Los autores del trabajo tomaron un modelo simple de gas de neutrinos y compararon dos enfoques. El primero es cinético, donde se desprecia el entrelazamiento y las colisiones se tratan como empujones aleatorios. El segundo es de muchas partículas, donde todas las interacciones se calculan honestamente y surge la conexión cuántica. La diferencia se manifestó tanto en la velocidad de los procesos como en el equilibrio al que llega el gas.
Para realizar cálculos precisos en una computadora cuántica, es necesario traducir las partículas al lenguaje de los cúbits. Los científicos estimaron los costos: para neutrinos son más bajos que para problemas típicos de física de partículas, pero más altos que para muchos problemas de química cuántica. El principal consumidor de recursos es la parte no colisional de las interacciones. Sin métodos ingeniosos de empaquetado de datos, la simulación sigue siendo demasiado costosa.
En una supernova, los neutrinos se llevan el 99% de la energía de la explosión, pero atraparlos es increíblemente difícil: atraviesan la Tierra como la luz a través del vidrio de una ventana.
En la novela «Solaris» de Stanisław Lem, el océano podía controlar los estados cuánticos de las partículas: ¿no es acaso una gigantesca computadora de neutrinos?