La paradoja de los agujeros negros ha atormentado a los físicos durante décadas. Si el agujero desaparece, ¿a dónde va su contenido? Los descubrimientos de Stephen Hawking y Jacob Bekenstein demostraron que para salvar las leyes de la naturaleza se requiere un movimiento no convencional.
Este nudo es el fuzzball, un ovillo cuántico peludo. En su superficie, como en el revés de un bordado, queda impresa toda la información de lo que cayó en él: desde átomos hasta la luz de las estrellas. Así se resuelve la contradicción con la entropía (medida del desorden), y el vacío obedece dócilmente las reglas cuánticas. Es asombroso: los hilos parecen presentir la catástrofe inminente y logran entrelazarse en un patrón protector.
La densidad de grabación en un fuzzball es monstruosa: en un ovillo del tamaño de un balón de fútbol cabría la información de todas las personas que han vivido en la Tierra, hasta el último pensamiento.
La idea de grabar datos en la superficie de un agujero negro resuena con los almacenamientos holográficos de la ciencia ficción, por ejemplo, en la serie 'Star Trek'.