Las simulaciones numéricas indican que más del 40 % del material del disco circumterrestre generado por el impacto proviene del impactador Tea, lo que contradice la composición isotópica terrestre de la Luna (crisis isotópica). La consideración de las diferencias de viscosidad entre los cuerpos que chocan ofrece una solución: los planetas pequeños con océanos de magma se enfrían más rápido y se vuelven altamente viscosos, mientras que los grandes mantienen una baja viscosidad. La simulación del choque de una Tea altamente viscosa (prácticamente sólida) con una proto-Tierra de baja viscosidad (fundida) produce un disco compuesto mayoritariamente por material de la proto-Tierra, sin violar las restricciones actuales sobre el momento angular del sistema Tierra-Luna. Este mecanismo explica de forma natural la similitud geoquímica observada.
La joven Tierra era una esfera hirviente de roca líquida, mientras que Theia, que chocó contra ella, ya se había enfriado y solidificado.
Así, el interior terrestre salió despedido al espacio, formando una nube de polvo cósmico y escombros. Poco a poco, de allí se formó la Luna. Esta hipótesis complementa el modelo estándar de la colisión gigante.
El análisis del suelo lunar mediante análisis de la luz (cuyo fundador fue Joseph von Fraunhofer) reveló que la composición atómica de la Luna y la Tierra es casi idéntica. El enigma de décadas se resolvió: debido a la diferente fluidez, al espacio escapó principalmente material terrestre. El resultado más inesperado: las rocas lunares traídas por las misiones Apolo son salpicaduras solidificadas de nuestro planeta. Tenerlas en las manos es tocar un fragmento de la antigua Tierra.
🎯 El mismo impacto probablemente inclinó el eje terrestre, regalándonos las estaciones. Así que también le debemos la primavera y el otoño a esta antigua catástrofe.