El vacío no es tan vacío como parece. Si un observador se mueve con aceleración, el vacío a su alrededor se calienta: esto lo predijo William Unruh ya en los años 1970. El efecto es similar a la radiación de un agujero negro, pero en un espacio plano. El problema es que es casi imposible de detectar: una temperatura de un kelvin requiere una aceleración de 10²⁰ m/s², como si una mosca acelerara en un instante hasta la velocidad de la luz.
En el nuevo trabajo, los físicos proponen burlar esta dificultad. En lugar de perseguir aceleraciones descomunales, colocan un átomo en rotación en un resonador óptico: una diminuta trampa para la luz con una calidad (factor Q) muy alta. El resonador reorganiza la densidad de estados del campo electromagnético y convierte las correcciones apenas perceptibles debidas a la aceleración en un desplazamiento claro de los niveles de energía del átomo: el famoso desplazamiento de Lamb.
Variando la velocidad de rotación y la sintonización del resonador, el desplazamiento se puede amplificar, suprimir o incluso anular. Lo más asombroso: con una aceleración de solo 0,5 m/s², como la de una persona que camina tranquilamente por un pasillo, el desplazamiento alcanza los 10 Hz. Esto es veinte órdenes de magnitud menor que el umbral que antes se consideraba necesario para la detección directa del efecto Unruh. Así, la mesa de laboratorio se convierte en una ventana a la física del espacio-tiempo curvado.
Medio metro por segundo al cuadrado es la aceleración típica de un peatón. Con ese movimiento, según los cálculos, un átomo ya 'siente' el calor del vacío, que antes se asociaba solo con los agujeros negros.
En la novela 'La rosa y el gusano' de Robert Ibatullin, la aceleración de la nave calienta el vacío hasta temperaturas que cambian el destino de una civilización: el efecto Unruh no se menciona, pero se reconoce sin lugar a dudas.