El organismo se parece a una máquina que recibe un suministro limitado de cupones de combustible. Cada latido del corazón es un cupón gastado. Un ratón quema sus cupones deprisa, un elefante los quema despacio, pero al final de la vida ambos gastan más o menos la misma cantidad. Por eso conviene medir el envejecimiento no en años, sino en número de cupones gastados.
El reloj interno no hace tic por segundos, sino por latidos, y cada latido tiene su propio precio. Si el corazón late más a menudo o si cada latido sale más caro, el reloj corre más. Esto explica por qué personas de la misma edad envejecen de forma distinta: a unas el reloj les hace tic más rápido y a otras más despacio.
Cuando el organismo repara los daños, puede que la reparación no llegue a tiempo. Si la velocidad de reparación cae por debajo de un nivel crítico, el estado saludable desaparece y el envejecimiento se acelera de golpe, como una avalancha. Ese umbral se puede calcular, y explica por qué al final de la vida el deterioro avanza más rápido. La comprobación con datos mostró que ese reloj interno predice el envejecimiento con más precisión que la edad o la frecuencia del pulso por sí solas.
El corazón de un ratón late cientos de veces por minuto y el de un elefante unas treinta, pero a lo largo de la vida ambos dan aproximadamente mil millones de latidos.