Dos soles muertos giran en un baile eterno. Su órbita es un metrónomo perfecto que mide el tiempo con la precisión de un reloj atómico. Pero incluso las estrellas muertas pueden temblar. Las ondas gravitacionales de estos pares, que la antena espacial LISA captará, pueden revelar no solo el ritmo estricto, sino también sus diminutos fallos aleatorios.
Los autores del estudio han ideado cómo extraer de esta señal una medida del desorden. Introdujeron una herramienta matemática sencilla: algo así como un cronómetro que no mide el tiempo de la órbita en sí, sino cuánto "recuerda" una oscilación orbital a la anterior. Así, en el ruido de los datos emerge un retrato del caos.
El resultado principal es una fórmula sencilla. Muestra cómo la capacidad de detectar estas sacudidas aleatorias depende del tiempo total de observación y de la rapidez con la que el sistema "olvida" su estado pasado. Cuanto más tiempo escuchemos el cosmos, con más claridad oiremos la respiración irregular de las estrellas.
LISA no solo podrá registrar fusiones, sino convertirse en un estetoscopio aplicado al pecho del Universo. Entonces, la arritmia dejará de ser un obstáculo para convertirse en una señal valiosa. Quizás en estos fallos se esconde la física que gobierna los últimos acordes de la vida de los sistemas binarios.
Una enana blanca del tamaño de la Tierra puede pesar tanto como el Sol: una cucharadita de su materia pesaría unas 5 toneladas.