El flujo total de neutrinos de todas las supernovas es como un susurro apenas perceptible en medio del estruendo de los rayos cósmicos y el ruido terrestre. Cada explosión arroja neutrinos que, estirados por la expansión del espacio, pierden energía pero conservan información sobre la evolución estelar. La idea de que así nacen las estrellas de neutrones fue propuesta en los años 30 por Fritz Zwicky y Walter Baade, mientras que Hans Bethe explicó el mecanismo del brillo estelar.
El experimento KamLAND —un detector subterráneo con centelleador líquido (que emite un destello al impactar una partícula)— acumuló datos durante 22 años. La señal útil se ahoga en un fondo de neutrinos atmosféricos millones de veces más abundante. Para rescatarla, los científicos usaron la red neuronal KamNet, entrenada con eventos simulados para reconocer patrones característicos, como una cancelación de ruido inteligente. Tras el filtrado, solo quedaron siete eventos sospechosos (se esperaban unos dieciséis aleatorios), sin un exceso significativo. Esto permitió mejorar al doble el límite superior: el flujo no excede 38–43 neutrinos por segundo por centímetro cuadrado, las restricciones más severas para energías bajas.
Después de 22 años de búsqueda y filtrado, el detector KamLAND solo dejó siete eventos sospechosos, menos que los dedos de las dos manos, y todos podrían ser simple azar.