El universo no siempre se ha estado expandiendo. En algunos modelos, primero se contrae —casi vacío y plano— y luego, al alcanzar el límite, rebota y comienza a crecer, como el mundo que conocemos. Este escenario se denomina cosmología rebotante. Evita el problema de la singularidad inicial (el punto donde las leyes de la física dejan de funcionar), ya que no surge una densidad infinita.
Los investigadores construyeron un modelo con dos "fluidos" que interactúan. Un fluido describe el medio cósmico ordinario, el otro, la población de agujeros negros. Siguieron la evolución de esta mezcla a través de la contracción, el rebote y la nueva expansión. Descubrieron que los agujeros negros pueden sobrevivir al momento mismo del rebote, lo que concuerda con trabajos anteriores. Pero el hallazgo principal es otro: incluso cuando la geometría del espacio está fija, la presencia de agujeros negros modifica las propiedades del medio de fondo. El medio no es el mismo que sería sin ellos.
Así nace la imagen de un universo cíclico, donde los agujeros negros son puentes entre épocas. ¿Qué es lo que transportan a través del rebote? Masa, momento angular, quizás algo de información: la cuestión sigue abierta. Pero ahora está claro: estos objetos no son meros testigos, sino participantes activos que modifican el fondo cósmico a su alrededor.
Si nuestro Sol se comprimiera en un agujero negro, su horizonte de sucesos tendría solo unos 6 kilómetros de diámetro: menos que muchas ciudades.