Encontrar la aleación perfecta a partir de chatarra es como hornear un pastel con sobras sin una receta exacta. Hay que mezclar trozos de diferentes aleaciones de aluminio para obtener un material resistente y que conduzca bien el calor. Los científicos le encargaron esta tarea a una computadora cuántica.
A diferencia de una computadora normal, que prueba las opciones una por una, la cuántica «prueba» muchas mezclas a la vez gracias a la superposición: la capacidad de estar en varios estados al mismo tiempo. Y el entrelazamiento cuántico conecta las partes de la receta de tal modo que un cambio en una afecta instantáneamente a las otras. Pero si la mezcla es demasiado compleja, aparecen interferencias —la decoherencia cuántica— y la máquina se equivoca.
Para evitarlo, incorporaron al proceso el aprendizaje automático: un programa que predice las propiedades de la aleación según su composición. El ciclo es simple: el programa propone recetas, el algoritmo cuántico selecciona las mejores y la simulación numérica (un experimento virtual) verifica el resultado. Tras repetir estos pasos, los científicos dieron con la metalicidad ideal: la composición química exacta donde una alta resistencia se combina con una excelente conductividad térmica. La clave fue no quedarse atrapado en una sola opción, sino mantener la diversidad en la búsqueda, lo que los físicos llaman entropía. Este enfoque da una segunda vida a latas y perfiles, ahorrando casi toda la energía necesaria para la producción primaria de aluminio.
En el siglo XIX, el aluminio era más caro que el oro: en el banquete de Napoleón III, los invitados más honorables usaban cubiertos de aluminio, mientras que el resto usaba de oro.
El método recuerda al replicador de 'Star Trek': la máquina ensambla el material según una receta atómica.