Los científicos tomaron 16 actividades cotidianas — desde lavar platos hasta hacer sentadillas — y descompusieron los movimientos en componentes elementales, como un espectroscopio descompone la luz en un espectro. Comparando tres enfoques, encontraron una clave inesperada para el reconocimiento: basta con un fotograma congelado promediado. Solo nueve articulaciones de decenas portaban la información decisiva: el resto apenas influía.
Paradójicamente, una postura estática, como el brillo total de una estrella en la fotometría, resultó ser más importante que la dinámica. El cerebro reconoce una acción al instante, sin examinar el proceso. Pero para la repetición se necesita una imagen completa en el tiempo: un método restauró una marcha natural, el otro — solo una estatua congelada.
Este principio de separación sirvió de base para un modelo estándar de pruebas clínicas rápidas: una sola instantánea puede señalar alteraciones, mientras que la rehabilitación requerirá una grabación de video detallada. Así, el cerebro ahorra recursos y la medicina obtiene una herramienta de diagnóstico simple.
De todas las articulaciones del cuerpo, solo nueve resultaron ser decisivas para reconocer cualquier movimiento.