Un buen chef en hora punta no se asusta si se rompe la cocina o se agota un ingrediente. Al instante cambia la receta: acelera unos platos, ralentiza otros, redistribuyendo recursos. Bajo este principio funcionan las nuevas redes ultraconfiables: los datos se dividen en bloques cortos y se envían por rutas óptimas, y el tiempo de transmisión se convierte en el ingrediente principal. Los ingenieros han introducido una medida de «supervivencia»: la rapidez con que la red se recupera tras un fallo. Esta métrica entrópica, similar a un termómetro de cocina para el caos, muestra cuánto desorden introduce cada retraso. La precisión aquí es crítica, como la sincronización con un púlsar cósmico, donde cada pulso es impecable. La señal en fibra óptica viaja a 200.000 km/s (una vuelta al mundo en 0,2 segundos), pero dentro de esta barrera de la luz se puede lograr una reacción casi instantánea. Esto es precisamente lo que subyace en los trabajos de Maxwell y Einstein, y la teoría del desorden de Boltzmann ayuda a evaluar numéricamente la fiabilidad. Estas redes convertirán las operaciones remotas y el transporte autónomo en una realidad.
La velocidad de la luz en fibra óptica es de unos 200.000 km/s, lo que significa que una señal tarda solo 0,2 segundos en dar la vuelta al mundo por el ecuador.
En la ciencia ficción, la comunicación ultraconfiable con baja latencia es la base para el control remoto de estaciones espaciales, como en la novela «El marciano».