Gracias al telescopio espacial TESS, que realiza fotometría de las estrellas, los astrónomos observaron que una estrella lejana se atenúa ligeramente cada 165 días durante un breve período. Se trata del método del tránsito: un mundo gigante que bloquea parte de la luz. Más tarde, la espectroscopía de la estrella reveló que se tambalea periódicamente: el planeta tira de ella hacia un lado y otro. Así se determinó la órbita, que resultó ser como un columpio. Este exoplaneta se acerca a su estrella más de lo que Mercurio lo hace al Sol, y luego se aleja más allá de la órbita de la Tierra.
¿Qué lo hace balancearse así? La estrella tiene un compañero distante: otra estrella. Su gravedad empuja al planeta, haciendo que su órbita sea cada vez más alargada. Pero cuando el planeta se acerca a su ardiente estrella, las fuerzas de marea comienzan a frenarlo. Es como la fricción en la articulación de un columpio: con cada vaivén, la amplitud disminuye. Con el tiempo, la órbita se volverá circular y el planeta quedará muy cerca, naciendo un Júpiter caliente. Los científicos realizaron simulaciones numéricas de muchos escenarios, usando un programa diseñado para la evolución estelar. Probaron dos tipos de mareas: un frenado viscoso suave (como amasar plastilina) y sacudidas caóticas por ondas internas. Solo la opción suave coincidió con las observaciones, y con gran esfuerzo.
Así, los astrónomos confirmaron que son las mareas de equilibrio las que gobiernan la migración planetaria de los planetas gigantes hacia las estrellas. Los columpios cósmicos no son eternos: la fricción va reduciendo su amplitud, dando origen a mundos ardientes.
Si un planeta así estuviera en nuestro Sistema Solar, viajaría de la órbita de Mercurio a la de la Tierra y vuelta cada 165 días. ¡La diferencia de distancia es de 30 veces!