Si aceleramos a un observador hasta velocidades cercanas a la de la luz, el vacío que lo rodea deja de ser frío. Aparece un resplandor térmico: un efecto predicho en 1976 y bautizado en honor a William Unruh. Para aceleraciones terrestres, este resplandor es increíblemente débil, como un susurro en un concierto de rock. Los autores del nuevo trabajo convierten la dificultad en un problema de medición: un único átomo se convierte en un sensor que 'siente' el calor del vacío, y la estadística cuántica, en un micrófono que amplifica la señal.
El átomo es como un cronómetro de un solo clic: vuela a través del campo, interactúa con él y cambia su estado. Una sola medición solo da una vaga indicación de la aceleración. Pero si se lanzan muchos átomos uno tras otro, se acumula una memoria colectiva del fondo térmico. El hallazgo clave: cuanto más corto es el tiempo de vuelo de un átomo, más intentos caben en el recurso total asignado, y más agudo se vuelve el resultado final.
Los experimentadores no tendrán que construir un acelerador del tamaño de una galaxia. Basta con elegir un átomo con un gran momento dipolar (sensibilidad al campo eléctrico) y el tiempo de observación necesario se reduce drásticamente. Así, la metrología de la aceleración deja de ser una fantasía y se convierte en un problema de ingeniería con cifras concretas.
La temperatura que 've' un observador acelerado, para una aceleración de 10²⁰ m/s², es de aproximadamente 1 kelvin: más frío que el espacio exterior, pero aún más cálido que el cero absoluto.
En la novela 'Tau Zero' de Poul Anderson, una nave espacial acelera tan fuertemente que la tripulación ve la radiación cósmica de fondo como una luz azul: el efecto Unruh en acción.