El disco galáctico se parece a una onda congelada en el agua: cada perturbación deja una marca que puede leerse miles de millones de años después. Cuando una galaxia enana satélite pasa de cerca o se produce una fusión frontal, las estrellas del disco empiezan a oscilar, como boyas mecidas por una ola. Con el tiempo, esas oscilaciones se amortiguan, pero la amplitud de los movimientos verticales sigue siendo distinta para estrellas de diferentes edades.
En el nuevo trabajo se utilizó la simulación TNG50, un universo virtual donde se puede seguir el destino de cada partícula estelar. Los científicos seleccionaron galaxias similares a la Vía Láctea y, para cada una, trazaron una gráfica: en el eje horizontal, la edad de las estrellas; en el vertical, la dispersión de sus alturas sobre el plano del disco (esa dispersión se denota como Δz). Esta gráfica funciona como un sismograma. Las fusiones importantes dejan escalones abruptos: el disco primero se "hincha" y luego se enfría y vuelve a ser delgado. Los sobrevuelos, en cambio, solo producen pequeños picos locales: en el gas perturbado nacen estrellas nuevas que, por un tiempo, aumentan el grosor del disco.
La principal ventaja del enfoque es que se basa únicamente en las posiciones y edades de las estrellas, que pueden obtenerse a partir de observaciones. No hace falta medir velocidades ni recurrir a modelos dinámicos complejos. Con los nuevos sondeos que cartografían la Vía Láctea con gran precisión, este análisis "vertical" podría reconstruir la crónica de las colisiones de nuestra Galaxia en los últimos 10 mil millones de años. Y entonces la onda congelada en el agua hablará: contará cada antiguo golpe que ha sufrido nuestro hogar estelar.
El Sol se encuentra a unos 50 años luz por encima del plano medio del disco; quizá sea un eco del antiguo paso de una galaxia enana.
En la novela "Colisión con el abismo", una civilización reconstruye la historia de su galaxia a partir de las oscilaciones de las estrellas para predecir la próxima fusión.