La corriente eléctrica ordinaria calienta los cables: cualquiera que haya tocado un cargador de teléfono lo sabe. Pero existe una corriente de otro tipo: en ella los electrones no corren en masa hacia un lado, sino que giran sincronizados, como patinadores en pareja. Ese giro coordinado se llama corriente de espín y casi no produce calor.
Un grupo de físicos decidió averiguar qué ocurre si se hace pasar una corriente de espín pura por una lámina delgada —un puente de efecto Hall de espín— y se conecta a una carga externa, una resistencia común. Aplicaron el principio de mínima disipación de energía (principio variacional) y calcularon cómo se distribuyen las corrientes, las cargas y el calor. El resultado sorprendió: cuando la carga se alejaba a una distancia notablemente mayor que la longitud de relajación de espín —el trayecto en el que el giro de los electrones se atenúa—, el calentamiento en la resistencia caía a cero. La corriente fluía, pero no se generaba calor.
Esto se parece al agua que fluye por una manguera sin presionar las paredes. Toda la energía no se va en calor, sino en mantener la propia corriente —pura, sin impureza de carga. Ese régimen, un estado estacionario global, resultó ser la tarjeta de presentación de la corriente de espín. La corriente ordinaria, donde los electrones además transportan carga, no se comporta así.
La ausencia de calor no es una simple curiosidad. Significa que los circuitos de espín pueden ser mucho más eficientes, sin necesidad de refrigeración voluminosa. El primer eslabón de ese circuito —la lámina con corriente de espín pura— ya no calienta la resistencia que le sigue, si esta está lo bastante lejos.
En el cobre ordinario, la longitud de relajación de espín alcanza cientos de nanómetros, miles de veces más que en muchos semiconductores; por eso el cobre se usa a menudo en experimentos con corrientes de espín.