El Universo comenzó con una expansión — expansión del universo. Casi toda la partitura la llevó un campo, el inflatón. Pero al final pudieron despertarse brevemente los campos cargados — y su aparición habría cambiado el «sonido». Las ondas gravitacionales, como un micrófono sensible, habrían grabado ese cambio. Mientras el campo está en calma, apenas crea ondulaciones. Pero cuando se excita, el espacio empieza a vibrar en frecuencias muy altas.
¿Qué delata exactamente a los campos cargados? En el espectro de las ondas aparecen modulaciones bruscas. Dos números clave — la fuerza de carga y la energía del campo — hacen que el pico principal salte de un lugar a otro. En los campos neutros, el pico se desplaza suavemente, como las manecillas de un reloj. Aquí, en cambio, hay un salto, como si el minutero saltara diez minutos hacia adelante. Ese contraste es la señal buscada.
Captar esa señal es tarea de detectores del futuro. Funcionarán como diminutos receptores de radio, sintonizados a ondas de varios centímetros de longitud. Si los instrumentos detectan el salto característico del pico, será la confirmación de que en la infancia del Universo realmente sonó un solo eléctrico.
Si se lograra detectar una onda gravitacional con una frecuencia de 1 GHz, su longitud de onda sería de 30 centímetros: una onda así podría literalmente «capturarse» en un resonador del tamaño de un libro.
En la novela «Contacto» de Carl Sagan, la señal alienígena contenía modulaciones que indicaban un origen artificial. Las oscilaciones en el espectro de ondas gravitacionales procedentes de una inflación cargada — aunque naturales — recuerdan esa «modulación», solo que descifran las leyes de la física, no un mensaje de una inteligencia extraterrestre.