El agua dentro de las fibras nerviosas no se mueve como en un vaso: choca constantemente contra las paredes de los axones (las prolongaciones largas de las células nerviosas). Si se hace una pausa muy corta entre los pulsos de radiofrecuencia de la resonancia magnética, el agua no tiene tiempo de alejarse mucho, y su desplazamiento refleja lo estrecho del espacio circundante.
En el nuevo estudio, realizado en personas vivas, se comparó la movilidad del agua a través de las fibras con tiempos de observación cortos y largos. La diferencia resultó especialmente notable en el tracto corticoespinal, la principal autopista por la que el cerebro ordena a los músculos. Allí los axones son los más gruesos, y el agua tarda más en viajar de una pared a la otra.
Antes, esta diferencia solo podía observarse en muestras de tejido bajo el microscopio. Ahora, la resonancia magnética con gradientes oscilantes hace lo mismo sin un solo corte. El método promete convertirse en una herramienta para rastrear la destrucción de los axones en la esclerosis múltiple y otras enfermedades, mucho antes de que aparezcan los síntomas.
En el tracto corticoespinal, los axones pueden alcanzar un metro de longitud: son las células más largas del cuerpo humano.
En 'Matrix', conectaban el cerebro directamente, pero ni siquiera allí sabían medir el grosor de los axones sin abrir el cráneo.