Un conjunto de jazz: al principio, una cacofonía de notas aleatorias. Y luego, un riff pegadizo que suena una y otra vez. Así es también el enigma del origen de la vida, solo que en el idioma de la química. En el modelo computacional GARD de modelado estocástico, los científicos recrearon la 'sopa primordial', donde flotan compuestos simples que a veces se ayudan mutuamente a ensamblarse en cadenas más largas.
Se activó un interruptor invisible. Cuando la 'fuerza causal' cruza el umbral, en la mezcla aparecen espontáneamente moléculas capaces de copiarse a sí mismas. Es más, al amplificarla o atenuarla artificialmente, se puede alargar o acortar la vida de esos replicadores. El comportamiento colectivo de las moléculas actúa como un dial de volumen: lo giras hacia arriba y el riff suena más largo y nítido; hacia abajo, se desvanece. Esta especie de mesa de mezclas funciona en cualquier 'sopa' activa, incluso antes de que la evolución tome su partitura.
Incluso en una mezcla completamente caótica se puede predecir la aparición de la vida: basta con medir su 'potencial causal'.