Un reactor de fusión tipo stellarator se parece a un capullo magnético retorcido con astucia. Su tarea es contener plasma sobrecalentado para que los núcleos de hidrógeno se fusionen y produzcan energía. Pero la forma tridimensional del capullo crea huecos: algunas partículas escapan, especialmente las más rápidas, que son las que llevan el mayor calor.
Antes, los ingenieros intentaban tapar esos huecos mirando no a las partículas en sí, sino a señales indirectas: la forma del campo magnético o la presión del plasma. Ese enfoque era como afinar un instrumento musical mirando la sombra de las cuerdas, no el sonido. En el nuevo trabajo, los físicos calculan por primera vez directamente la "acción de la órbita", la magnitud clave que determina si una partícula permanece en la trampa o se escapa. Construyeron un marco computacional que prueba diferentes formas de las bobinas magnéticas y ve al instante cómo cambian las órbitas de los iones.
El resultado son diseños compactos de stellarators donde los iones rápidos se confinan excelentemente, el plasma es estable incluso a alta presión, y las bobinas siguen siendo fabricables. Toda la cadena, desde la física de una partícula individual hasta el plano del sistema magnético, ahora cabe en un solo cálculo. El capullo ya no se desgarra en cada costura.
La palabra "stellarator" proviene del latín stella, estrella. El reactor debe encender una estrella artificial en la Tierra.
En la novela "El problema de los tres cuerpos" de Liu Cixin se mencionan reactores de fusión capaces de funcionar durante siglos sin detenerse, justo lo que promete el stellarator.