El haz de un reflector se pierde en la oscuridad, pero si lo seguimos hacia atrás, chocamos con la lámpara. Con la historia del universo quizás ocurre lo mismo: al rastrear su expansión hacia atrás, nos topamos con un comienzo.
Los físicos tomaron el modelo más simple: un universo que se estira por igual en todas direcciones, como un cubo cuyos lados crecen. No se adentraron en los primeros instantes, sino que simplemente se preguntaron: ¿puede esa expansión durar infinitamente en el pasado? Resultó que no. Si hoy el cosmos se expande en todas direcciones (y las observaciones lo confirman), entonces en el pasado sus líneas deben converger en un punto. Es como inflar un globo: por mucho que miremos hacia el pasado, siempre encontraremos un momento en que fue un punto.
Pero hay una escapatoria: si el universo siempre se hubiera contraído al menos en una dirección, el pasado podría ser infinito. Los autores ponen un ejemplo: ese mundo sería como una lámina de goma que se estira a lo largo y a lo ancho, pero se comprime en su grosor. En él no hay un «comienzo» en el sentido habitual, porque la contracción en una dimensión compensa la expansión en las otras. Sin embargo, nuestro cosmos no parece ser así: se hincha en todas direcciones a la vez y, por tanto, su historia es finita.
Así, el haz del reflector choca con la lámpara, y la expansión del universo, con un momento antes del cual no había nada. O había algo completamente distinto que nuestra física aún no describe.
Si el universo se contrajera solo en una dirección, podría haber existido eternamente en el pasado, como una lámina de goma infinita que nunca fue un punto.
En la novela «Tau Zero» de Poul Anderson, una nave acelera de tal manera que afuera transcurre toda la vida del universo, desde la expansión hasta la contracción.