Una piedra cae en un estanque y se forman círculos en el agua. Con un agujero negro, tras chocar con otro, ocurre algo parecido: emite ondas gravitacionales que recuerdan al tañido amortiguado de una campana. Ese tañido tiene un conjunto definido de frecuencias que depende solo de la masa y la rotación del agujero, como el tono de un diapasón depende de su tamaño.
Pero, ¿de dónde salen esas frecuencias? Se sabe desde hace tiempo que están relacionadas con el anillo de luz, una frontera invisible alrededor del agujero negro donde la luz puede dar vueltas indefinidamente sin caer hacia dentro. Los autores del artículo han ido más lejos: han demostrado que ese anillo se comporta como un objeto caliente. Si mentalmente colocamos allí una cuerda diminuta, notaría calor, como si estuviera junto a un radiador encendido. La temperatura de esa «calefacción» viene dada por la rapidez con que los rayos de luz se dispersan desde el anillo, como gotas que saltan de una sartén al rojo vivo.
El tañido del agujero negro, en esta imagen, es simplemente la respuesta del anillo de luz caliente a una sacudida. Como si golpearas una placa de hierro caliente y esta vibrara en sus propias frecuencias. Los científicos obtuvieron las frecuencias del tañido de dos maneras: siguiendo el temblor de una cuerda imaginaria junto al anillo y calculando cómo responde el sistema térmico a un empujón. Los resultados coincidieron con las fórmulas conocidas, pero ahora tienen un significado físico sencillo.
El anillo de luz de un agujero negro es 2,5 veces más ancho que su horizonte de sucesos, esa frontera de la que nada regresa. Para un agujero con la masa del Sol, ese anillo tiene unos 15 kilómetros de diámetro.
En la película «Interstellar», el anillo de luz se muestra como un borde brillante alrededor de la sombra del agujero negro: ese «círculo de fuego» que, en realidad, podría ser la fuente térmica de las ondas gravitacionales.