El campo magnético suele actuar como un estricto controlador de tráfico: para que el calor se convierta en electricidad, debe colocarse de través en el camino. Si el campo se alinea con el flujo de calor, el efecto desaparece, o al menos así se creyó durante décadas.
Los científicos tomaron una película muy fina de un óxido magnético, un material donde los espines de los electrones se alinean en el plano, como las agujas de una brújula sobre una mesa. Descubrieron que incluso cuando el campo externo se encuentra en ese plano, la película genera un voltaje notable. La magnitud de la señal no desmerece frente a la que produce el clásico campo transversal.
El secreto está en que, en esta película, la propia magnetización crea la "inclinación" necesaria para los electrones. El calor fluye, los electrones se desvían lateralmente y aparece una diferencia de potencial en los bordes de la película. Es como si el controlador de tráfico no estuviera en la intersección, sino que formara parte de la carretera.
Ahora los ingenieros podrán colocar elementos termoeléctricos en cualquier ángulo respecto a la fuente de calor, por ejemplo, en superficies curvas de motores o chips. La limitación ha quedado superada y esto cambia las reglas del juego para la recuperación del calor residual.
El efecto Nernst lleva el nombre de Walther Nernst, quien recibió el Premio Nobel de Química en 1920 por sus trabajos en termodinámica, aunque descubrió el efecto en 1886.