Dentro del imán de un resonador magnético, la corriente circula por un anillo superconductor cerrado, como el agua que gira en círculos en un cubo: la haces girar y sigue sola. Para cambiar esa corriente, se calienta el anillo con un pequeño calentador: deja de ser superconductor, se convierte en un conductor normal con resistencia, y entonces una fuente externa puede 'añadir' o 'quitar' corriente. Normalmente se piensa que al apagar el calentador, el anillo vuelve al instante al estado superconductor, como si el agua se congelara de golpe. Pero en un imán real, las cosas son distintas.
Los científicos midieron la resistencia del anillo en dos modos: con el calentador encendido y después de apagarlo, cuando el anillo se calienta a sí mismo. Resultó que en el segundo modo la resistencia es 12 veces menor que en el primero, con el mismo voltaje. Pero lo importante es que ambos modos se describen con una única fórmula sencilla: la resistencia depende de la potencia de calentamiento y de la corriente que pasa por el anillo. Es como si la temperatura de la tetera dependiera solo de cuánto calor le aporta el fogón y de cuánta agua fluye por ella.
Este comportamiento afecta a la precisión de la corriente en el imán: cuanto más tiempo se mantiene apagado el calentador, más precisa es la corriente. En 18 sesiones de mantenimiento de resonadores, los científicos observaron que tras apagar el calentador, la corriente en el anillo apenas cambiaba: la corriente residual era solo 8 millonésimas de la corriente principal. Es como si en el cubo de agua, después de detenerlo, quedaran solo unas gotas.
La resistencia del interruptor cambia 690 veces al pasar del estado superconductor frío al estado resistivo caliente: es como si una manguera de riego se volviera de repente más fina que un cabello humano.