Las pinzas ópticas funcionan como un hoyo: la partícula rueda hacia la zona más brillante del rayo. Pero un cilindro de silicio del tamaño de una centésima parte del grosor de un cabello se comporta al revés: busca la sombra. En el experimento, lo suspendieron en la franja oscura de una onda estacionaria, donde la luz se anula a sí misma. La partícula quedó flotando allí con total calma, como si la luz la empujara.
¿Por qué ocurre esto? El vidrio siempre se siente atraído por la luz, porque esta empuja ligeramente los electrones en su interior, y esos electrones arrastran la partícula consigo. El silicio, con un tamaño cuidadosamente elegido, responde a la luz de manera opuesta: lo atraen las zonas con menos luz. Es como un flotador que no busca la cresta de la ola, sino el valle entre olas.
Antes, esto solo se lograba con átomos individuales, no con partículas sólidas. Ahora es posible acercar partículas a las superficies y construir sensores cuánticos que no tiemblen por los golpes extra de la luz.
Los cilindros de silicio soportan la potencia del láser que evaporaría una esfera de vidrio del mismo tamaño, porque en el mínimo de intensidad apenas absorben luz.
La idea de mantener un objeto en la oscuridad resuena con el concepto de 'trampa oscura' de la ciencia ficción, como el campo de estasis en la serie 'Star Trek', donde la materia se mantiene sin una influencia visible.