La luz que nace cuando un electrón rápido penetra en un material suele considerarse igual en todas direcciones. Pero en cristales donde las propiedades ópticas dependen de la orientación, no es así. Pasa la mano sobre el terciopelo: en un sentido es suave y brillante, en el otro, oscuro y áspero. Del mismo modo, un cristal reacciona a la luz de manera distinta según cómo esté orientado.
Los científicos tomaron dos cristales laminares —sulfuro de germanio y oxicloruro de molibdeno— y les dispararon un haz de electrones. Al medir la emisión, observaron que el color de la radiación cambia si se gira el cristal 90 grados. Es como si un mismo instrumento musical sonara notas diferentes según se sostenga horizontal o verticalmente.
Este hallazgo brinda a los físicos una nueva herramienta: mediante el espectro de la emisión se puede determinar cómo se distribuyen las propiedades ópticas dentro del cristal, sin destruir la muestra. Y en el futuro, quizás estos cristales se conviertan en la base de fuentes de luz compactas con color sintonizable: bastaría con girar la lámina.
El sulfuro de germanio es un material laminar parecido al grafito: se puede exfoliar en láminas de unos pocos átomos de espesor. Además, sus propiedades ópticas a lo largo de las capas y perpendicularmente a ellas difieren en varios órdenes de magnitud.
En la novela de Isaac Asimov «Los propios dioses» se describe un mundo con otra física, donde la luz se comporta de manera distinta en diferentes direcciones, y eso transforma toda la tecnología de la civilización.