Las células de un organismo vivo son como pequeños viajeros. Saben caminar, sentir hacia dónde ir y reproducirse. A veces avanzan en una multitud amplia, llenando todo el espacio. Otras veces se agrupan en una masa compacta y se arrastran juntas, como una gota sobre el vidrio. ¿Por qué esa diferencia?
Los científicos construyeron un modelo matemático donde cada célula se mueve a velocidad constante, a veces gira hacia una señal química y de vez en cuando se divide. Resulta que todo lo decide una sola cosa: qué tan rápido se dividen las células en comparación con lo rápido que caminan. Si la división y el movimiento van a la misma velocidad, las células alcanzan a separarse, y se forma un flujo. Si la división es lenta, las células no alcanzan a dispersarse, se mantienen juntas, y se forma un bulto.
Cuando la división es lenta, el bulto no se queda quieto: crece lentamente y se arrastra. Para describirlo, los matemáticos tuvieron que mirar el tiempo con dos escalas: una rápida, en la que el bulto parece inmóvil, y otra lenta, en la que se ve cómo crece. Este enfoque ayudó a conectar el comportamiento de las células individuales con el de todo el grupo.
Un agregado de células se comporta como una gota que se arrastra a lo largo de un gradiente: su velocidad depende de la masa, pero no crece indefinidamente, las células en el borde delantero se mueven más lentamente, limitando la velocidad de todo el grupo.