Una gota de tinta en un vaso de agua se dispersa rápidamente, tiñendo todo el líquido. Algo similar ocurre con los electrones en un metal: se mueven libremente, como moléculas en un gas. Pero si en ese medio aparece una impureza magnética —un átomo con su propio momento magnético—, sucede algo extraño. A temperaturas muy bajas, los electrones parecen adherirse a la impureza, formando una nube a su alrededor. Esa nube apantalla el momento magnético y la resistencia del metal aumenta. El fenómeno se descubrió hace medio siglo y se denominó efecto Kondo.
Reproducir esta danza en su forma pura, sin el desorden de la red cristalina, es el sueño de muchos físicos. El escenario ideal es un gas ultrafrío de átomos de estroncio. Estos tienen dos estados: el estado fundamental y un estado de "reloj" de larga duración (el que se usa en los relojes más precisos). Un átomo en el estado de reloj actúa como impureza magnética, y los átomos en el estado fundamental hacen el papel de electrones. Sus espines (los análogos cuánticos de las agujas magnéticas) intercambian su orientación al chocar: esto es el análogo cuántico del efecto Kondo. Pero la temperatura necesaria, por debajo de las millonésimas de grado sobre el cero absoluto, aún no se ha alcanzado.
Los autores del trabajo proponen un truco ingenioso: comprimir el gas en un tubo delgado mediante un haz láser transversal, y para el estado de reloj añadir además una trampa longitudinal, como un resorte que mantiene suavemente a los átomos a lo largo del eje del tubo. Ambas trampas intensifican la interacción entre los átomos gracias a un efecto llamado resonancia inducida por confinamiento. Cuando el tamaño de la trampa se ajusta para que la energía del estado ligado de dos átomos coincida con la energía de su movimiento libre, la interacción aumenta drásticamente, como si dos músicos tocaran la misma nota al unísono y el sonido se amplificara.
Los cálculos muestran que, combinando la compresión transversal y longitudinal, se puede elevar la temperatura de Kondo hasta valores accesibles en los experimentos actuales. Es como si se pudiera hervir agua no a cien grados, sino a temperatura ambiente, simplemente cambiando la forma del recipiente. Este enfoque convierte al gas de estroncio en un simulador cuántico ajustable, donde el efecto Kondo se puede activar y estudiar sin interferencias, desentrañando su naturaleza paso a paso.
El efecto Kondo fue descubierto en 1934, cuando se observó que la resistencia del oro con impurezas de hierro, al enfriarse, no disminuye sino que aumenta, en contra de todas las expectativas.